DÍA INTERNACIONAL DE LA NO VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

CONFERENCIA "VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES, DERECHOS HUMANOS Y GUERRA"

 

 

 

Buenos días autoridades nacionales, autoridades universitarias, invitados e invitadas:
A nombre del equipo del IMUP doy a Ustedes la más cordial de las bienvenidas a este evento con que culminamos un conjunto de actividades en el marco del Día Internacional de la No Violencia Contra las Mujeres. Esas actividades incluyen desde la atención a un grupo de expertos bolivianos sobre el fenómeno de la violencia de género invitados por la OPS, con los que intercambiamos sobre las normas y protocolos de atención a la violencia y sobre la experiencia nuestra con el PPAVIF y la MGD, la publicación del suplemento "Mujer Hoy" y la presentación de una investigación sobre la "explotación sexual comercial de niñas, niños y adolescentes" parte de un proyecto subregional del Programa para la erradicación del trabajo infantil (IPEC) de la OIT.

Este "día internacional de no violencia contra las mujeres" merece una mayor relevancia, no sólo se cumplen veinte años desde que mujeres latinoamericanas lanzaran ésta iniciativa -hoy reconocida mundialmente- en memoria de las hermanas Mirabal, las heroínas de la lucha contra la dictadura trujillista, sino porque se produce en momentos en que la Historia nos ha puesto de frente con una situación como ya ha ocurrido antes, ante la cual es necesario pronunciarse. Como hemos dicho en el Suplemento "Existen muchas formas de violencia contra las mujeres, desde la doméstica e intrafamiliar hasta la que ha ocurrido por ejemplo, en la guerra entre los países balcánicos en la que todos los bandos se dedicaron con saña más que a combatir entre soldados a aniquilar niñas y niños indefensos y a la violación de las mujeres. Sobre la primera en estos años hemos dicho mucho y seguiremos diciendo, por cuanto limita el desarrollo de las personas, impide la participación de las mujeres, disminuye nuestros derechos y libertades como ciudadanas, menoscaba nuestro acceso a los recursos materiales y bienes culturales y porque ha sido históricamente invisibilizada y naturalizada.

Hoy sin embargo, es importante, rescatando una tradición histórica....pronunciarnos sobre la guerra desatada en Afganistán a raíz de los lamentables actos terroristas del 11 de septiembre. Tales actos son inhumanos y absurdos, tanto como lo es la guerra desatada en nombre de las víctimas. Una guerra en la que las mujeres, las niñas y los niños serán los grandes perdedores como lo son desde los primeros días del opresivo régimen talibán, una guerra sin perspectiva real de futuro y en la que los grandes ganadores serán los grandes fabricantes de las armas y de la muerte." . Por ello hemos apoyado la iniciativa, que desde las mujeres organizadas a nivel internacional fue presentada el 30 de octubre al gobierno norteamericano y a las Naciones Unidas.

Dicha iniciativa se orienta a apoyar una salida digna y respetuosa de los derechos humanos en ésta guerra. Guerra que no sólo es como la han llamado "la primera crisis del nuevo milenio" sino que simboliza todo el desigual reparto del poder en el mundo y las enormes contradicciones hoy existentes, para citar unas cuantas : mientras ya se ha clonado un embrión humano miles y miles de seres humanos -niñas y niños- mueren de hambre, enfermedades curables y desnutrición; los países ricos nos exigen la apertura total de nuestros mercados, la libre circulación de mercancías y capitales mientras endurecen sus políticas migratorias; mientras crece el movimiento por los derechos humanos y la democracia, n muchos países se permite el renacimiento de organizaciones fascistas y mientras vivimos el tiempo de las más radicales innovaciones tecnológicas y científicas, de una enorme producción de bienes y servicios crecen el número de las y los carenciados y excluidos. Como dijo una poeta amiga, son preguntas indeseables.

Por ello, con el siempre valioso apoyo de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y del Programa Promoción de la Igualdad de Oportunidades en Panamá (PROIGUALDAD), hemos invitado a la Doctora Ana Elena Obando, valiosa persona, prestigiosa abogada y activista internacional por los derechos humanos y la justicia de género a hablarnos hoy. Porque no podemos seguir pensando que la globalización sólo consiste en la invasión demoledora del mercado en todas las dimensiones de la vida social, por el contrario consiste en un fenómeno que en resumidas cuentas hace que cualquier cosa que pase en Nueva York o Afganistán o en China nos afecte de uno u otro modo. Y porque, no debemos olvidar, que resurgen diversos fundamentalismos en el mundo: islámicos, neonazis y las organizaciones que haciendo un discurso en defensa de la vida, pretenden coartar la libertad y los derechos de las mujeres.

Es una visión no sólo sobre el conflicto sino sobre el mundo actual que esperamos les sea útil para la reflexión y para la acción. Les reitero la más cordial bienvenida.

 

Urania A. Ungo M.

Directora

 

 

 

 

 

 

Las Mujeres no queremos la guerra, las mujeres queremos paz, trabajo, prosperidad y cultura.

FRAGMENTO...

Partido Nacional Feminista

Panamá, 1938.

Ese millón de balboas y muchos millones más lo necesita nuestro pueblo para implementos agrícolas, para escuelas y útiles escolares, para medicinas, para habitaciones sanas y decentes, para medios de transporte y vías de comunicación, para bibliotecas, laboratorios y fábricas, para luz y agua para las poblaciones rurales, etc.

Queremos que nuestra juventud, en lugar de distraer sus energías en servicios militares costosos a nuestras masas hambreadas, se dedique al cultivo de nuestros campos ubérrimos, al fomento de la industria nacional, de suerte que podamos proveernos de lo que necesitamos sin pagarlo en dinero y en humillaciones al imperialismo financiero. Queremos que en cada habitante de nuestra república haya una persona consciente y dispuesta a propagar y defender los intereses de la civilización y de la cultura. Queremos elevar el nivel político de nuestra ciudadanía creando un espíritu público capaz de estabilizar la seguridad de nuestras instituciones respetables y el disfrute de nuestras libertades democráticas.

Queremos, en fin, que se dignifiquen en lucha leal y constructiva nuestros órganos de opinión pública: la prensa y los partidos políticos. ¡Todo esto demanda también dinero, mucho dinero, y se dice que no lo tenemos!

Y sin embargo, se desea sustraerlo a las necesidades de nuestro pobre pueblo para defendernos de peligros que no existen, para crear barreras de odio y límites a la cultura.

Mujeres y Hombres de Panamá:

Nos es posible que demos paso a ese histerismo colectivo de manía guerra, mal consejero de nuestros intereses, que ofusca nuestro entendimiento y sofoca nuestras facultades de valoración.

Unamos nuestros esfuerzos en pro de la amistad y solidaridad internacionales, pero ante todo, volvamos nuestros ojos hacia nuestro país, donde una serie de agudos problemas reclaman un inmediato concierto de voluntades en su solución.

No necesitamos ni queremos armas. Anhelamos tranquilidad, trabajo, prosperidad y cultura. Y confiamos en el arreglo pacífico de nuestras dificultades Internacionales.

 

Conferencia Magistral

Violencia contra las Mujeres, Derechos Humanos y Guerra
Ana Elena Obando M.

Primero que nada, quisiera agradecer a la Universidad de Panamá y su Rector, Julio Vallarino, al Vicerrector Académico Jorge Cisneros, al Vicerrector de Investigación y Post-grado, Eduardo Durán, a la Directora del Instituto de la Mujer, Urania Ungo, a la Agenda del Centenario, a las representantes de UNICEF, OPS, Proigualdad, Unión Europea por hacer esta conferencia posible y por haberme invitado a reflexionar sobre temas de tanta importancia para nuestra región y para el mundo entero.

Hoy más que nunca debatir, pensar y reflexionar en conjunto se hace urgente y necesario, sobretodo después de los hechos del 11 de Setiembre. Si antes de esa fecha ya éramos ciudadanas de segunda categoría, la nueva coyuntura política, social y económica mundial actual, pone en entredicho esa ciudadanía, porque coloca a las mujeres como género, en una posición de mayor subordinación.

Además, la universalización e indivisibilidad de los derechos humanos se ve confrontada por una lógica del mercado; es decir los Estados-naciones que están llamados a garantizar esos derechos, primero deben responder a otros intereses y reglas del juego impuestas por corporaciones multinacionales. Son ellas las que organizan el ajedrez desde el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, y la Organización Mundial del Comercio. Dichos organismos no tienen ningún compromiso con ningún Estado y mucho menos con nuestra ciudadanía; no rinden cuentas ante ningún sistema jurídico ni político. Ello implica que los intereses y necesidades de todas las mujeres y de muchos hombres que por su raza, etnia, edad, clase, discapacidad, opinión política o religiosa, orientación sexual, u otro estatus no correspondan a las prioridades de los gobiernos, quedan fuera de las políticas y acciones de los Estados.

Hago énfasis en el 11 de setiembre, no porque no crea que antes de esa fecha no existía una crisis mundial económica, social, política y militar, sino porque su agudización y el mantenimiento de una economía neoliberal en condiciones de inseguridad, replantea nuevas preguntas para los Estados, la sociedad civil y el sistema de derechos humanos.

Es evidente que el gobierno de los Estados Unidos ahora utilizará la lucha contra el terrorismo para intervenir en los Continentes, asi como ha utilizado la lucha contra el tráfico de drogas (Plan Colombia por ejemplo), la guerra fría o la lucha contra el comunismo, como un pretexto para globalizar la militarización. Esta nueva justificción le permitirá intervenir en los países, controlar sus mercados y por ende, mantener su hegemonía en todos los ámbitos.

No sé si ustedes recuerdan que el Consejo de Seguridad, del cual Estados Unidos es miembro permanente, emitió la resolución 1373 (2001) que requiere a todos los Estados tomar las medidas necesarias para "combatir el terrorismo" pudiendo utilizar la fuerza, prohibiendo el financiamiento o congelando los dineros de quienes se consideren "terroristas".

Esto significa una especie de impunidad global para invadir económica, política o militarmente a los países que den "refugio a terroristas" o no estén en "la lucha contra el terrorismo". Es decir, cada gobierno podrá utilizar discrecionalmente "esta postestad", de tal manera que los pueblos, organizaciones, grupos o personas que opongan resistencia a las políticas de privatización, al dolor-ización, a las "áreas de libre comercio", a las explotaciones petroleras o a cualquier dimensión de la globalización neoliberal, irán conociendo el significado de esa potestad. ¿Cómo vamos a sobrevivir la persecusión, la despolitización y la desarticulación producto de esta amplia potestad los movimientos sociales como el feminismo y la sociedad ciivl entera ? Es una incógnita sobre la cual debemos reflexionar en conjunto.

Cuando vemos que la lista de personas muertas, asesinadas, explotadas, esclavizadas o abusadas sexualmente en Hiroshima y Nagasaki, Vietnam, Irak, Bagdag, Panamá, Argentina, Chile, Paraguay, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Yugoslavia, Sudán, Ruanda, Afganistán, Palestina, Sri Lanka, Burma, Congo Brazzaville, Sierra Leona, Colombia, Grenada o Cuba, aún no son suficientes para controlar los mercados mundiales en el planeta guerra una se pregunta ¿Cuántos seres humanos más habrán de morir ? y ¿Hacia donde se dirige el mundo ahora ? No lo sabemos, pero la lógica de la masculinidad nos dice que la lista de muertes aún no termina. Al mismo tiempo, una lógica y ética diferente nos dice que todas las personas somos responsables por el destino del planeta y que debemos actuar individual y colectivamente cuanto antes.

Desde esa otra lógica no hay espacio para los poderes, el dominio o el control sobre las personas, la naturaleza u otros recursos sino para una igualdad desde las diferencias, para una verdadera universalidad, interdependencia e indivisibilidad de los derechos humanos, para una justicia que incluya a todas las personas, para un mundo sin violencia. En medio de los espacios sociales y políticos nuestros, hemos ido construyendo esta otra lógica. Lógica nace a pesar de los espacios oficiales de poder, de los discursos oficiales que aún no incorporan en su práctica y lógica otra ética, otra perspectiva.

Los movimientos de mujeres hemos tratado de contrarrestar la globalización neoliberal, las diferentes formas de violencia y las estructuras jer[arquicas desde los diferentes feminismos, desde una lógica y ética que apela a principios básicos de humanidad y sororidad. Nos enfrentamos cada día con una estructura económica que legitima un neocolonialismo sexista, racista y clasista, incrementa la feminización de la pobreza, exacerba la violencia, destruye el medio ambiente, y merma la salud y las condiciones de vida de los seres humanos a quienes se nos asigna un valor mercantil.

Luchamos contra un poder masculino que está en todas partes, hasta en nuestras formas de actuar, sentir y pensar. Un poder que globaliza la millitarización, socava la democracia e impone las guerras como medio idóneo para resolver los conflictos. Guerras que esconden intereses mezquinos y nos despojan de nuestros más elementales derechos.

Asi como los hombres ejercen la violencia contra las mujeres en sus hogares y en sus trabajos para mantener sus privilegios de género, asi también los Estados ejercen la violencia militar para asegurar su lugar hegemónico en el mundo. Es decir, los valores y actitudes detrás de la violencia privada son los mismos que pueden llevar a un conflicto armado.

Las guerras crean sociedades militarizadas, o debería decir un planeta militarizado sin ciudadanos ni ciudadanas, que es lo que pretende crear el gobierno de los Estados Unidos bajo su "guerra contra el terrorismo". El matrimonio entre militarismo y masculinidad, institucionaliza lo militar y exalta la violencia como valor principal. Y aunque sepamos que algunas mujeres participan de las guerras o de los ejércitos como agentas activas, est[an de acuerdo con las guerras o ejercen la violencia contra otras mujeres o contra algunos hombres, las guerras son una construcción patriarcal basada en las desigualdades sociales de masculinidad y feminidad.

De hecho, durante las guerras se triplican las violaciones a los derechos humanos de las mujeres, porque al exaltarse la masculinidad tradicional, su polo opuesto se convierte en campo abierto de las violaciones y abusos más atroces tanto en la vida privada como en la pública. Cuando se quiere destruir una cultura, o una subcultura, las mujeres somos el medio a través del cual se logra. Nuestros cuerpos y nuestra identidad se convierte en escenario de guerra. En palabras de Marcela Lagarde (1995), el sistema patriarcal es un sistema de propiedad social y privada de las mujeres a través de la apropiación, posesión, usufructo, y deshecho de sus cuerpos.

Ello es palpable y visible en los crímenes sexuales cometidos durante las guerras, tales como las violaciones en masa, el embarazo forzado y la esclavitud sexual de las mujeres, los cuales fueron utilizados como instrumentos de limpieza étnica en las guerras de Bosnia-Herzegovina, Ruanda, Camboya, Liberia, Cachemira, Somalia y Perú. La violación se ha utilizado como arma de guerra durante la Primera y Segunda Guerra Mundial , para conquistar y humillar al enemigo, minar su resistencia, desestabilizarles, aterrorizar a las poblaciones civiles, y apropiarse del cuerpo de las mujeres.

Para las mujeres, las guerras no sólo conllevan las violaciones sexuales, sino también la separación, la pérdida de miembros de la familia y de los medios de subsistencia. Ellas son el pilar de sus familias y asumen las responsabilidades de los hombres que están combatiendo. Afrontan estas responsabilidades arriesgando la vida, atravesando campos minados o bajo las bombas asesinas, a fin de buscar comida, agua, y otros medios para la supervivencia. Además, para las mujeres, la guerra no cesa en los llamados tiempos de paz.

Alrededor del mundo las mujeres continuamos siendo víctimas de las formas más atroces y variadas de violencia. El mismo Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas este pasado 25 de noviembre nos recordó que de un 25% a un 75% de mujeres son agredidas en sus hogares; y que un cuarto de todas las mujeres del mundo han sido violadas durante su ciclo de vida. O por decirlo de otra forma, la discriminación de género, traducida en violencia deja un saldo de 60 millones de mujeres desparecidas que hoy deberían estar vivas.

Déjenme compartirles algunas estadísticas, sólo para recordarles las dimensiones de lo que estoy hablando.

La violencia de género, en mujeres de 15 a 44 años, provoca más muertes e incapacidades que el cáncer, el paludismo y los accidentes de tráfico (Banco Mundial, 1993). Sólo que los accidentes de tránsito son noticia y la violencia de género muy rara vez lo es.

Cada año, 2 millones de niñas entre 5 y 15 años son introducidas en el mercado sexual (Fondo de Población de las Naciones Unidas, UNFPA, 2000). O sea, el poder de la masculinidad discrimina por edad y por sexo.

Según la ONU, cada año son vendidas en Europa alrededor de 500 mil mujeres para prostitución. Cualquier relación con el valor mercantil de nuestros cuerpos es pura coincidencia.

Cerca de 60 millones de mujeres, sobre todo en Asia, mueren por infanticidio, aborto selectivo, desnutrición deliberada o mínimo acceso a servicios de salud (UNFPA, 2000). Y sabemos que en latinoamérica la segunda causa de muerte de las mujeres es por abortos mal practicados. Quizá deberíamos pensar en cómo llevar a juicio por esas muertes a la Iglesia y a los gobiernos que tanto se han opuesto a los derechos sexuales y reproductivos.

En Africa, más de 130 millones de mujeres han sido sometidas a mutilación genital, y se estima que 2 millones de niñas están en riesgo de sufrirla cada año (OMS, 1998). A propósito de la fragmentación del cuerpo femenino y los tiempos de paz para las mujeres.

Entre 20 mil y 50 mil mujeres y niñas fueron violadas en Bosnia-Herzegovina durante la guerra de los Balcanes (UNICEF, 1996) y más de 15 mil mujeres y niñas fueron violadas en un año en Ruanda (UNICEF, 2000). Para quienes aún piensan que hay guerras justas o legítimas, deberían poner más atención a las consecuencias de la guerra.

Una de cada cuatro de los 170 millones de mujeres y niñas que viven en la Unión Europea ha sufrido violencia (Logar, 2000). Es decir, no era un problema del sur donde supuestamente somos menos civilizados.

En los países latinoamericanos hay 6 millones de niños y niñas maltratadas, de los cuales cada año mueren 80 mil a consecuencia de dichas lesiones (Banco Mundial, 1997). La misoginia u odio a lo femenino no es un invento. Nacer mujer es un riesgo en este planeta guerra.

En Estados Unidos, cada nueve segundos se produce una agresión física a
una mujer por parte de su compañero íntimo. No es de extrañar que el país que genera más violencia en el mundo presente una estadística tan alta, a pesar que en ese país "no se violan los derechos humanos".

En la India, cada año son asesinadas más de 5 mil mujeres porque su dote
matrimonial es insuficiente. En el patriarcado cualquier motivo es válido para matar una mujer.

En algunos países de Medio Oriente, los hombres a menudo son exonerados por los sistemas de justicia y la comunidad por matar a su mujer infiel. ¿Se imaginan si fuera al revés, que las mujeres fueran exoneradas por matar maridos infieles ? No habrían hombres.

En Inglaterra se calcula que en una de cada dos parejas existe maltrato (en el mundo es una por cada tres). Pareciera que una población poco expresiva es peligrosa.

En Bangladesh, arrojar ácido a la cara de la mujer para desfigurarla es tan común que su tratamiento legal tiene una sección propia en el código penal.

En España, 30 mujeres mueren cada año a manos de sus parejas. En Costa Rica la cifra es similar. Seremos sociedades necrófilas ?

Según el informe de la OMS en 1998:

Las encuestas de varios países indican que 10 a 15% de las mujeres informan que sus parejas las obligan a tener relaciones sexuales. Por eso en algunos países la jurisprudencia ha establecido que debe tipificarse la violación en el matrimonio, aunque mucho hombres siguen creyendo que es un deber de las mujeres inherente al matrimonio.

En Canadá el 29% de mujeres algunas vez casadas o en unión consensual informan haber sido agredidas físicamente por un compañero actual o anterior desde los 16 años de edad (muestra nacional, 1993). Y muchas que alguna vez pensamos que la casa era el lugar más seguro para nosotras. Pero veamos como estabamos equivocadas.

En Suiza, el 20% informa haber sido golpeadas o maltratadas físicamente por su compañero (muestra aleatoria, 1997).

En India de un 18 a 45% (dependiendo del distrito estudiado) de los hombres actualmente casados reconocen haber maltratado físicamente a sus esposas (Uttar Pradesh, 1996).

En Corea el 38% de las esposas informan haber sido maltratadas físicamente por su cónyuge el año anterior (muestra nacional, 1992).

En Egipto el 35% de las mujeres informan haber recibido golpizas de sus esposos en algún momento del matrimonio (muestra nacional, 1995).

En Israel el 32% de las mujeres notifican al menos un episodio de maltrato de su compañero en los últimos 12 meses; 30% hablan de coerción sexual de sus esposos (mujeres árabes casadas, excluyendo beduinas, 1997).

En Kenia, el 42% de las mujeres informan haber sido golpeadas alguna vez por un compañero; de ellas, 58% han sido golpeadas a menudo (Kissi,1990).

En Uganda el 41% de los hombres reconocen haberle pegado a su compañera (Masaka y Lira, 1997).

En Zimbabwe, un 32% informa haber sido objeto del maltrato físico de un familiar o persona que vive en la misma casa a partir de los 16 años de edad (Midlans, 1996).

En Chile el 26% notifica al menos un episodio de violencia de un compañero; 11% informa al menos de un episodio de violencia grave (Santiago, 1996).

En México, un 30% notifica al menos un episodio de violencia física de un compañero (Guadalajara,1996).

En Nicaragua un 52% informa haber sido maltratada físicamente por un compañero por lo menos una vez; 27% dicen haber sido objeto de maltrato
físico durante el año pasado (León, 1996).

¿ Saben cuál es la estadística de Panamá ?

Es interesante ver que a pesar que en las tres Conferencias Mundiales sobre la Mujer en ciudad de México (1975), Copenhague (1980) y Nairobi (1985), el movimiento de mujeres propuso prestar especial atención a los obstáculos que la violencia impone a la mujer para su participación plena y que en 1992, el Comité de la CEDAW (Comité para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación para la Mujer) adoptó la recomendación N. 19 sobre Violencia contra las Mujeres, no es sino hasta la Conferencia Mundial de Derechos Humanos de Viena en 1993 que se reconoce la violencia contra la mujeres como un problema de derechos humanos.

A partir de eso, y gracias a el trabajo y la presión del movimiento internacional de mujeres, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprueba la Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer en diciembre de 1993, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas nombra la primer Relatora Especial sobre Violencia contra las Mujeres en 1994, la Organización de Estados Americanos, aprueba la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (1994), el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo de El Cairo reconoce la violencia de género como un obstáculo para la salud y los derechos sexuales y reproductivos, la Plataforma de Acción de la Conferencia Mundial de la Mujer de Beijing (1995) establece que la eliminación de la violencia contra las mujeres es esencial para la igualdad, el desarorollo y la paz mundial en 1995, se aprueban leyes en casi todos los países de nuestra región contra la violencia doméstica y contra el acoso sexual en algunos pocos, se reconoce la violación durante un conflicto armado como tortura y como un crímen contra la humanidad por el Tribunal Penal Internacional para la Ex-Yugoslavia y el estatuto de la Corte Penal Internacional codifica en 1998 la violación sexual, el embarazo forzado, la esterilización forzada, la esclavitud sexual, la prostitución forzada y otras formas de violencia sexual como crímenes de guerra o crímenes de lessa humanidad.

Legalmente las mujeres estamos protegidas por el derecho internacional de los derechos humanos y por el derecho humanitario. La violencia contra la mujer en situaciones de conflicto armado, aunque estas sean combatientes capturadas o civiles, implica violaciones a ambos derechos.

La comunidad internacional podría prevenir y poner fin a la violencia contra la mujer en tiempos de guerra, como en el caso de Afganistán. Los cuatro Convenios de Ginebra de 1949 y sus dos Protocolos Adicionales de 1977, orotgan el derecho a ser tratada humanamente, el respeto de su vida y de su integridad física, a estar exenta de torturas, malos tratos y actos de violencia y de hostigamiento. Asimismo la protección contra ataques tales como la violación, la prostitución forzada o toda otra forma de ultraje está contemplada en el IV Convenio de Ginebra, art. 27, 2 y I Protocolo Adicional, art. 75 y 76.

Sin embargo, todo este avance jurídico no es suficiente para evitar la violaciones tanto en el ámbito público como en el privado, porque la comunidad internacional está regulada no sólo por un marco jurídico de los derechos humanos o del derechos internacional humanitario, sino por las relaciones económicas. Y los gobiernos que podrían proteger esos derechos durante un conflicto bélico o bien implementar mediante políticas y acciones todos los tratados, declaraciones y planes de acción de las Conferencias Internacionales, muchas veces prestan oidos sordos porque deben responder ante intereses multinacionales. Por esa razón es que debemos estar atentas a la prevalencia lógica del mercado por sobre el marco de los derechos humanos o del derechos internacional humanitario.

Al tiempo que conocemos nuestros derechos y aprendemos a exigirlos, es importante saber las causas de la violencia. La violencia de género no es un problema de las mujeres sino de la cultura masculina/patriarcal. Pero como tradicionalmente las mujeres hemos sido las víctimas, se ha tratado como un problema de nosotras, cuando en realidad es un problema social de los hombres contra las mujeres. Son las normas de esta cultura las que la propician y toleran la violencia, y son generalmente los varones quienes la ejercen de diversos modos y en diferentes ámbitos.

Después de todo, la guerra está ligada a una imagen colectiva de masculinidad hegemónica, una masculinidad que depende del ejercicio del poder y control. La competitividad, el poder, el dominio y la represión de la emocionalidad son elementos inherentes al ejercicio de la masculinidad. Por eso las guerras no tienen consideraciones morales o humanas.

La violencia que ejercen los hombres contra las mujeres no está desvinculada de las jerarquías que existen entre los hombres, entre hombres y mujeres o de la violencia que ejercen los hombres contra otros hombres o contra sí mismos. De hecho, la violencia entre los hombres es un mecanismo utilizado desde la niñez para establecer un orden jerárquico.

La violencia de género contra las mujeres descansa en una ideología patriarcal y una estructura u orden de géneros, de clases, de razas, de edades, de rangos, de etnias u otras que crean jerarquías de unos sobre otras y otros. Es precisamente a través de la violencia que los hombres como género, mantienen y aseguran una serie de privilegios y formas de poder sobre las mujeres o sobre otros hombres que no son el paradigma androcéntrico. Estas estructuras jerárquicas desiguales, y su estrategia, la violencia en todas sus formas y contextos, lejos de ser condenada socialmente, es celebrada y legitimada por los deportes, la televisión, el cine, la literatura, los noticieros, los ejércitos, los chistes, la tecnología, las religiones, algunas familias, la educación sexista, la ciencia, etc. Inclusive los valores masculinos de valentía, corage y patriotismo se exaltan y se premian simbólicamente para demostrar al mundo que parte de las obligaciones de un buen ciudadano es resolver los conflictos a través de la violencia.

El modelo de masculinidad dominante caracteriza a los hombres como activos, autónomos, fuertes, potentes, racionales, emocionalmente controlados, heterosexuales y proveedores, por oposición a lo femenino, lo pasivo, dependiente, débil, irracional, emocional. La socialización de género hace que los varones sean educados hacia la búsqueda del poder sobre las mujeres y sobre los hombres inferiores por clase, raza, rango, etnia, edad, etc. Este modelo lleva a establecer relaciones de subordinación, entre hombres y mujeres, entre los hombres y entre las mismas mujeres, alentando al mismo tiempo masculinidades hegemónicas y feminidades subordinadas. O Como diría Marcela Lagarde (1995) lo enajenante de la condición masculina es que como el dominio constituye la masculinidad, su realización implica necesariamente la opresión de otras/os próximos o ajenos. Es decir, que todas las relaciones íntimas o públicas de los hombres están marcadas por la opresión.

Hacerse hombre o hacerse mujer son procesos dolorosos al que estamos sometidos ambos sexos desde la infancia. Se llega a ser varón o mujer cuando se responde dicotómicamente a las concepciones tradicionales de mujer o de hombre.

En este proceso de generización, todas nuestras características, deseos, necesidades o posibilidades como seres humanos se nos limita, suprime o inhibe para ajustarnos a un deber ser, a dos modelos dicotómicamente opuestos y jerárquicos. La masculinidad entonces se construye por oposición a lo femenino y más que oposición, negación, invisibilización y odio a lo femenino. Los hombres no deberían ser emocionales, de la casa, pasivos, sensibles, callados, tímidos o demostrar cualquier característica que del aguna forma se vincule socialmente a las mujeres. La mujer y lo femenino representa el límite, la frontera de la masculinidad, quien la transgrede, se expone a ser calificado de poco hombre. La masculinidad hegemónica asociada a la heterosexualidad y al control del poder, es una masculinidad que renuncia a lo femenino y por lo tanto legitima la homofobia y el heterosexismo.

Otro de los mecanismos más graves de esta sociedad patriarcal es la naturalización de ese debe ser, es decir, la creencia que los hombres o las mujeres son así, han sido siempre así o deben ser así. Y su gravedad consiste en invisibilizar el poder de los hombres sobre las mujeres o sobre otros hombres o más precisamente en ocultar las diversas relaciones de poder que se dan a partir de las desigualdades de género, raza, etnia, edad, clase, u otra estructura de opresión. Ese mecanismo de naturalización también ha sido aplicado a la violencia contra las mujeres en los sistemas judiciales, policiales, en las comunidades, los trabajos y el ámbito privado e íntimo. Por eso es común que hechos altamente violentos no sean calificados de gravedad cuando son cometidos contra las mujeres. Las violaciones cometidas en tiempos de guerra, por ejemplo, se deslegitiman y despolitizan traspasándoles al ámbito de lo privado, cuando bien sabemos que los objetivos de un ejército no son meramente sexuales sino militares, estratégicos y políticos.

El poder masculino está inmerso en las estructuras y formas de organización sociales, políticas, militares y económicas. Forma parte central de las religiones misóginas, el derecho androcéntrico, la familia patriarcal, la ciencia ginope, la educación sexista, el ejército y otras instituciones patriarcales. No importa cual sea la forma de desigualdad, es decir, de un clase que controla el capital y explota la fuerza de trabajo de quienes laboran, de un adulto que controla un infante, de un hombre que domina una mujer, de los seres humanos que controlan la naturaleza, de una religión que domina a otras, la receta siempre será la misma. Entonces para hacer un pastel de masculinidad, agregue varias tazas de poder, cucharadas suficientes de dominación, mezcle la sal con el control, licue bien todos los ingredientes y agréguele un lustre de opresión. Porque desde la masculinidad, el poder no se concibe como un poder "para" sino un poder y control "sobre" las otras personas o los diferentes recursos.

Los hombres han sido capaces de inventar tecnologías avanzadísimas, pero no han sido capaces de manejar el poder desde otro lugar. Aún desde las diferentes masculinidades que incluyen las relaciones de poder entre los hombres, la fórmula no varía, porque el hombre más oprimido por clase, por edad, por etnia o por raza, puede ejercer control y dominio sobre las mujeres de su misma clase, edad, etnia o raza. Esto no significa que las mujeres no ejerzamos poder sobre otras mujeres u hombres por edad, clase, cultura, etnia, raza, etc. Sin embargo, todas las mujeres como género estamos sometidas a la opresión patriarcal y al dominio público y político de los hombres y muchas veces en lugar de oponernos al sistema patriarcal, aceptamos la subordinación genérica a cambio de ejercer dominio sobre otras mujeres u hombres. Y eso es lo que yo llamo conformarse con una tajada del pastel sin cambiar la receta.

Por eso la desconstrucción de la masculinidad es un trabajo de todas las personas que conlleva, por un lado, un trabajo colectivo para desarticular las estructuras e instituciones del patriarcado que promueven y legitiman el poder y control masculino y por otro, el trabajo individual desde el poder interior para aprender a ejercer un poder con o entre iguales, un poder que afirma y guia, que empodera, que no excluye, ni castiga, ni oprime.

Cuestionar la violencia en todas sus formas como un medio válido para la resolución de conflictos entre las personas y con la naturaleza es una primer tarea que como seres humanos tenemos. Para ello debemos empezar cuestionando el poder sobre, el dominio, el control y las diferentes opresiones y ofrecer vías alternativas que tiendan a los pactos, al respeto entre diversos, al poder con o entre las personas y no al poder sobre o contra ellas.

Condenar social y legalmente la violencia de género en todas sus formas por ser una violación a los derechos humanos es urgente. Las mujeres hemos luchado muchísimo para condenar la violencia desde el ámbito jurídico y ello ha significado darle legitimidad y carácter de violación a tantos abusos que hemos sufrido. Sin embargo, la cultura de derechos humanos exige crear mecanismos sociales de condena e intolerancia hacia la violencia, exige de formas creativas de desobediencia y de preguntarnos como país en qu[e nivel estamos de tolerancia y condena cuando se trata de la violencia hacia las mujeres.

Redefinir o reconstruir la masculinidad y la feminidad que la cultura propone para los hombres y las mujeres es quizá el trabajo más lento y sin embargo más efectivo que debemos hacer. Porque es desde esas construcciones genéricas donde se asientan las jerarquías y la violencia como estrategia para mantener los privilegios y el derecho a controlar, corregir o castigar a las mujeres y otros varones: los menos hombres, los menos blancos, los menos adultos, los menos ricos, "los menos".

¿Cómo hacemos para provocar esta ruptura entre masculinidad, dominación y violencia ? Algunas personas me dirán que es desde el hogar y no lo dudo, ese es el espacio para practicar nuevas formas de poder; donde si no allí se aprende mucha de la violencia. Pero también es desde las rupturas que hacemos en nuestro cotidiano como movimiento social, en nuestras relaciones con las parejas, con los compañeros y compañeras de trabajo, con la comunidad, pero sobretodo con nosotras mismas como personas. Recordemos que los niñas y niñas aprenden más de nuestro actuar que de nuestra hablar.

Todas las personas, pero especialmente los hombres deben comprometerse a romper el silencio para que no sean cómplices por denegación de ayuda o por permitir la impunidad de quienes maltratan. Deben trabajar con otros hombres y hablar entre sí de su masculinidad, de cómo transformarla para que no siga causando infelicidad, guerra y terror en el mundo. Asi como el modelo económico neoliberal nos afecta a todas las personas, asi también las múltiples formas de violencia social, sexual y doméstica contra las mujeres competen a toda la sociedad. Una estructura no está desvinculada de la otra. Todas forman una trama de opresiones que poco a poco destruyen este planeta.

Las construcciones masculinas de poder tienen beneficios inmediatos para quienes las ejercen, pero también pueden destruir a esas mismas personas asi como a otras, tal y como lo vemos en las guerras y en la guerra cotidiana contra las mujeres. Todas las personas tenemos la capacidad de crear procesos alternativos, de construir, de recuperar nuestra humanidad y nuestro planeta tierra. Si creamos nuevas formas de discursos y diálogos, si generamos espacios sociales y políticos alternos donde el diálogo parta desde las diversidades, quizá podremos articular y practicar nuevas relaciones de poderes que no opriman sino que empoderen y afirmen. Cada día que pasa se hace más urgente. Quisiera invitarles a hacerlo y a quienes todavìa no empiezan.

Bibliografía


BONINO Méndez, Luis, "Violencia de género y prevención.
El problema de la violencia masculina," Mujeres en Red, España, 2000

FACIO, Alda, Cuando el Género Suena, Cambios Trae, ILANUD, Costa Rica, 1992.

GONZALEZ Bustelo, Mabel, "Sentencia histórica contra el uso de la violación como arma de guerra", La Insignia, Derechos Humanos, Febrero 28, 2001.

KAUFMAN, Michael, Men, Feminism, and Men's Contradictory Experiences of Power, Toronto, Canada, 1997.

KRILL, Françoise, "La protección a la mujer en el derecho internacional humanitario", Revista Internacional de la Cruz Roja No 72, noviembre-diciembre, 1985.

LAGARDE, Marcela, Género y Poderes, Instituto de Estudios de la Mujer, Universidad Nacional Autónoma, Heredia, 1995.

OBANDO, Ana Elena, Módulo Mujer, Poder y Violencia. Programa de Capacitación en Derechos Humanos. Instituto Interamericano de Derechos Humanos, IIDH. San José, Costa Rica, 1999.

PATRANA, Daniela, "Violencia Intrafamiliar: El horror en casa", Diario La Jornada, México, 25 de noviembre de 2001.

STARHAWK, Truth or Dare, Encounters with Power, Authority, and Mystery, HaperCollins Publishers, New York, 1990.

Fotos

Prof. Urania A. Ungo M.

Directora del Instituto de la Mujer de la Universidad de Panamá

Prof. Jorge Cisneros

Vicerrector Académico de la Universidad de Panamá

Licda. Dora Arosemena

Representante de la O.P.S.

Licda. Nadya Vásquez

Representante de la UNICEF

Sra. Pilar González

Coodirectora Europea de PROIGUALDAD

Dra. Ana Elena Obando

Conferencista Internacional Invitada

Público Asistente

 

 

 

Regresar a la página principal