Papeles
de cuestiones internacionales
nº
73 (invierno 2001)
Artículo:
La
construcción de la Paz
Editado
por el Centro de Investigación para la Paz (CIP), de la Fundación
Hogar del Empleado (FUHEM)
Director:
Mariano Aguirre
223
páginas. 1.200 pts
(Suscripción:
cuatro números por 3.500 pts).
cip@fuhem.es
CARMEN
MAGALLÓN PORTOLÉS
(Carmen
Magallón Portolés es miembro del Seminario de Investigación
para la Paz de Zaragoza y del colectivo de redacción de la revista
En Pie de Paz).
La construcción
de la paz
En
todo el mundo están surgiendo iniciativas de mujeres que reclaman
el final de los conflictos y la violencia y la construcción de una
paz verdadera para sus sociedades. En pocos casos están presentes
en las instancias donde se toman las decisiones o en las negociaciones
de paz, pero su modelo capilar de actuación crea actitudes y transforma
mentalidades. Su privilegio, a la hora de actuar, es que como grupo subordinado
y oprimido conocen la visión dominante y desarrollan una alternativa,
y esto vale tanto para las relaciones personales como para el ámbito
político y social: los mismos valores culturales que subyacen en
la violencia contra las mujeres son los que llevan a la guerra. La tradición
de la cultura del cuidado; su enfoque, que da prioridad a la vida humana,
puede ser una gran fuente de recursos para una cultura de paz.
Los
conflictos armados, las guerras a lo largo y ancho del mundo no acaban
de erradicarse. Cambian los actores, la tecnología bélica
empleada y las estrategias, pero se mantiene su núcleo fundamental:
un pulso violento de fuerza entre grupos que compiten por unas metas, con
un alto coste en vidas humanas y grandes dosis de sufrimiento extendidas
en el espacio y en el tiempo.
Como
contrapunto a esta irracionalidad, crece la voz y las iniciativas de los
grupos de mujeres en favor de la paz. Parecería que las mujeres,
que también toman partido y se involucran en las confrontaciones
armadas, fueran, sin embargo, más proclives a mantener un enfoque
en el que pesa más, y de un modo real —no sólo retóricamente—
la vida humana. No parece casual que sea en las sociedades democráticas,
en las que las mujeres están alcanzando cotas de igualdad antes
desconocidas, donde se mide con más tiento el poner en riesgo las
vidas humanas propias para defender bienes de otro carácter. El
aumento de la capacidad de influencia política de las mujeres en
una sociedad parece correlacionarse positivamente con un incremento del
valor de la vida. Sin duda, ha sido un complejo cúmulo de factores
lo que ha conducido a este cambio, pero el caso es que la valoración
de la guerra en las sociedades occidentales, ha ido cambiando a lo largo
del siglo. Si los hombres se alistaron masivamente en la Primera Guerra
Mundial y las mujeres se prestaron a repartir plumas blancas a quienes
no querían hacerlo, con el ánimo de ridiculizarlos, hoy en
día, para la mayoría de la gente —hombres y mujeres— la guerra
ha dejado de ser una empresa gloriosa.
Al
hilo de esta evolución se observa cómo las últimas
estrategias y tecnologías puestas en marcha por las sociedades industrializadas
para intervenir en los conflictos bélicos se diseñan persiguiendo
el “objetivo cero” de bajas propias, lo que parece estar en consonancia
y poner de manifiesto dos intereses: uno, mantener y diversificar los productos
de una industria, la armamentista, que produce rentabilidad económica
—verdadero talón de Aquiles de la erradicación de la guerra—
y, en segundo lugar, el interés por minimizar los riesgos para los
soldados propios, cuya seguridad está en el punto de mira de la
opinión pública. Esta evolución tiene una vertiente
perversa, tanto por lo que tiene de producción de tecnología
sofisticada, cuyo fin sigue siendo el matar, como por la tremenda distorsión
ética —racista hasta la médula— que implica el establecer
jerarquías entre la vida de los distintos seres humanos: la de los
nuestros y la de los otros. Pero tiene también una vertiente positiva,
ya que esa defensa a ultranza de la vida humana, aunque sea de los propios,
al cuestionar su intercambiabilidad por otros bienes —sea la patria, las
ideas religiosas, un territorio, un determinado modo de organizar la sociedad
políticamente— da a la vida humana un lugar en la cultura que no
tenía antes. Esta valoración, hecha consciente, por coherencia
racional y de sentimientos, pide a gritos ser universalizada. Y son precisamente
las mujeres las más activas a favor de esta defensa universal de
la vida humana. Así, una postura que puede llevar al egoísmo
de la defensa a ultranza de los hijos propios manifiesta llevar en sí
esa capacidad de universalización. Se ve en el día a día,
cuando son las mujeres las que se muestran más capaces de saltar
por encima de las barreras y establecer lazos de diálogo y empatía
entre grupos enfrentados.
Iniciativas
que proliferan en todo el mundo
Shelley
Anderson, de la International Fellowship of Reconciliation —una organización
fundada en 1919 para promover la transformación social no violenta—
piensa que, aunque las mujeres juegan múltiples papeles en un conflicto
(son víctimas y también ocasionalmente perpetradoras de violencia),
en mayor proporción se convierten en líderes que despliegan
ideas innovadoras para construir la paz. Basándose en su conocimiento
de grupos a lo largo del mundo, afirma que las mujeres juegan un papel
vital en la resolución no violenta de los conflictos. A menudo son
las primeras en arriesgarse e iniciar el diálogo entre comunidades
divididas, cruzando las fronteras psicológicas y materiales y haciendo
posible avanzar hacia la reconciliación. Este hecho está
siendo cada vez más reconocido por las agencias de desarrollo y
organismos internacionales; también por los Gobiernos y las organizaciones
de paz.(1)
El
Programa de las Mujeres Constructoras de la Paz tiene, entre sus objetivos,
documentar y analizar los éxitos y fracasos de los esfuerzos de
las mujeres en la tarea de la reconciliación y de la construcción
de la paz. Su coordinadora, Shelley Anderson, explica cómo las mujeres
del sur de Sudán se negaron a cocinar para los hombres con objeto
de parar la lucha; cómo, en algunas zonas, impidieron el reclutamiento
de niños como soldados, hablando con los líderes locales
de la guerrilla; cómo en Bougainville las mujeres hicieron
incursiones a la jungla, solas, para buscar a soldados de la guerrilla
y persuadirles de que abandonaran las armas. Estos ejemplos son una pequeña
muestra del trabajo de base que realizan las mujeres a favor de la paz.
Un trabajo que es importante conocer y transmitir.
En
la Declaración de Zanzíbar, las mujeres africanas incluyeron
una apuesta por utilizar la experiencia y capacidades de la mujeres en
la construcción de una paz sostenible y duradera en la zona. También
condenaron la proliferación de armas en África, una mecha
que hace estallar los conflictos en violencia, el uso de niños como
soldados y reclamaron la urgencia de un desarrollo justo y equilibrado
en sus países.(2)
Otras
experiencias y grupos de mujeres fueron dados a conocer en el grupo de
trabajo en red electrónica auspiciado por la Plataforma de Acción
de Pekín, del que International Alert for Women Watch, un
proyecto de Naciones Unidas,(3)
emitió un informe final. Entre ellos se cuentan la Red de Mujeres
de Angola (Women's Network-Angola), creada para cambiar las actitudes y
la conducta de hombres y mujeres hacia la reconstrucción y el desarrollo
del país; las Mujeres por la Paz de Nepal, una organización
creada en 1997; el grupo de Mujeres por los Derechos Humanos de las Mujeres
(Women for Women's Human Rights) que trabaja con grupos de mujeres del
este y sureste de Turquía; el Centro de Investigación de
las Mujeres (Women's Research Centre) que lleva a cabo actividades en las
que participan mujeres turcochipriotas y grecochipriotas, tratando de mostrar
que estas dos comunidades pueden vivir juntas. También en Burundi
las mujeres hutus y tutsis crearon organizaciones conjuntas y participaron
en las negociaciones de paz en Arusha, Tanzania.
En
otras partes del mundo, en una realidad tan dura y compleja como la colombiana,
las Mujeres de la Ruta Pacífica apelan a la sororidad, a la confianza
y el apoyo entre mujeres para construir la paz, y transformar la realidad.
“La sororidad entre mujeres nos da fuerza para expresar nuestro profundo
rechazo a la guerra. Porque juntas somos más, porque juntas y reconociéndonos
mutuamente podemos expresar a todos los guerreros que no nos sentimos representadas
en ninguna de sus razones, las cuales afectan a nuestra dignidad y al legado
amoroso que queremos dejar a nuestros hijos e hijas; juntas y hermanadas
podemos pensar y hacer en grande, juntas y hermanadas podemos parar la
guerra”.
La
Ruta Pacífica de las mujeres colombianas es una iniciativa que,
desde 1996, realiza marchas y encuentros en distintos lugares del país
para abogar por la salida negociada al conflicto. Se distancia de todos
los actores y apoya a los municipios que se declaran neutrales activos.(4)
Según manifiestan en sus comunicados, esta iniciativa —que es una
propuesta feminista, pacifista, antibélica, antimilitarista y defensora-constructora,
según sus propias palabras, de una ética de la no violencia—
se inspira en la experiencia de grupos como las Madres de la Plaza de Mayo
y Mujeres de Negro. El mes de agosto del año 2000, junto a las mujeres
de la Organización Femenina Popular (OFP) —mujeres del Magdalena
Medio, una de las organizaciones más antiguas del país— decidieron
constituirse como Mujeres de Negro de Colombia. Siguiendo los pasos y la
filosofía de lo que hoy constituye una amplia red de mujeres en
distintos países del mundo, los últimos martes de cada mes,
portando flores amarillas, vestidas de negro y en silencio, expresan su
rechazo a la guerra y a las distintas violencias que se sufren en Colombia,
manifestándose en distintas ciudades. Dicen haber recogido el legado
de las Mujeres de Negro palestinas e israelíes y de las Mujeres
de Negro de Belgrado y Kosovo.
“Juntas
podemos presionar la tramitación negociada del conflicto armado
colombiano, que no se paren las negociaciones, juntas podemos decirles
que se abran nuevas mesas de negociación y que pensamos que deben
incluirse allí los intereses y las propuestas de las comunidades.
Juntas podemos exigir la humanización del conflicto, el respeto
de las organizaciones sociales y de la sociedad civil que no cree ni apoya
las propuestas guerreristas y sobre todo presionar a los actores armados
para que se comprometan con el respeto y la aplicación del Derecho
Internacional Humanitario, con la firma de un acuerdo humanitario donde
empeñen su responsabilidad en el respeto de la población
civil, ante la comunidad nacional e internacional”.(5)
Señala
Shelley Anderson(6) que,
paradójicamente, la marginación política de las mujeres
a menudo les ofrece mayores posibilidades y espacios para la construcción
de la paz. La posición de marginación de las mujeres hace
que puedan ser percibidas como ajenas a la influencia de los actores más
polarizados en el conflicto. Como los motivos para involucrarse derivan
en gran medida de la necesidad de proveer las necesidades de su familia,
especialmente los niños y niñas —de nuevo la preservación
de la vida humana—, esta preocupación por la familia da a muchas
mujeres permiso para entrar en territorio político masculino, antes
prohibido. En consecuencia, las iniciativas para hacer la paz que vienen
de parte de las mujeres merecen a la comunidad una mayor confianza que
aquéllas que provienen de la elite política.(7)
Esta
reflexión puede conducir de nuevo a aquel viejo concepto de Virginia
Woolf, que ha sido invocado desde el pacifismo feminista para caracterizar
la postura de las mujeres ante estructuras y dinámicas que fueron
configuradas sin su concurso: la extrañeza. Las mujeres mantienen
distintos grados de extrañeza con respecto a las instituciones sociales.
En los países democráticos la extrañeza es menor,
pero pervive en muchos aspectos, por ejemplo, en las raíces simbólicas.
En los otros, además de extrañas, las mujeres son objeto
de discriminación y abuso. Como extrañas a las estructuras
políticas, las mujeres tienen la libertad de proponer y llevar a
cabo soluciones innovadoras ante los conflictos. Como extrañas a
los valores patriarcales, pueden postular otros, buscar sus propias palabras
y tratar de no transitar por los errores de los varones. Es lo que hacen
muchos grupos de mujeres: desarrollar iniciativas que enfocan el problema
desde otra perspectiva.
Ahora
bien, si realmente se considera que la paz es un bien y que las mujeres
están en una posición de privilegio para construirla, habrá
que dar pasos para lograr que se oiga su voz en las mesas negociadoras,
porque si las mujeres carecen del poder político necesario para
influir en la toma de decisiones, sus perspectivas y las soluciones innovadoras
que éstas alumbran puede que nunca lleguen a ponerse en marcha.
“Antes
de que sea tarde, dejen a las mujeres hablar, dejen a las mujeres actuar”
Esta
frase, compendio de una postura que conforma un nuevo paradigma, es de
Bat Shalom, una organización feminista y por la paz que trabaja
para conseguir una paz justa entre Israel y sus vecinos árabes.
Bat Shalom, que también colabora con Mujeres de Negro —organización
de la zona que dio origen a la red internacional de grupos feministas no
violentos que llevan este nombre y que fue especialmente activa en la última
década contra la guerra en los Balcanes— conforma, junto al Centro
de Mujeres de Jerusalén, la iniciativa Jerusalem Link.
Su
postura se hizo grito, a través de la red electrónica(8)
cuando, a finales de 2000, se agudizó la tensión en Oriente
Medio. Pedían un lugar para las mujeres en las conversaciones, en
la negociación. Ellas, dicen, están convencidas de que el
pueblo israelí y el pueblo palestino pueden vivir juntos, que pueden
“compartir los recursos de esta tierra, su agua, su vino y sus lugares
sagrados. Es posible compartir Jerusalén; el área completa
puede ser compartida entre las dos naciones independientes e igualitarias”.
Quieren, con firmeza, que cese la locura que conduce a sus hijos a morir
o a matar. “Dejen a las mujeres palestinas e israelíes guiar el
camino”, reclaman con insistencia: “las mujeres israelíes lograron
cambiar la opinión publica sobre la terrible y sin sentido guerra
de Líbano. Las mujeres palestinas fueron valientes luchando en unión
con las mujeres israelíes en las iniciativas por la paz. Nosotras
podemos encontrar el fin de este círculo de violencia”.
El
grito de estas mujeres toma su raíz y se configura a partir de un
lenguaje propio, desgraciadamente poco audible desde los ámbitos
en los que se toman las decisiones. Su demanda nace de un sistema de valores
que conforma un paradigma diferente al que ahora envuelve a ambos contendientes,
en el que se trata “de encontrar el camino de un sentido común que
los hombres no han encontrado”, que opta por el reconocimiento de la fragilidad
como un punto de partida que conduce a la racionalidad y que rechaza una
determinada concepción de la fuerza —la fuerza bruta—. “Los hombres
nos dicen: no os asustéis, sed fuertes. Es cierto, estamos asustadas,
pero queremos que ellos también estén asustados. Nosotras
no queremos ser fuertes. Ni queremos que ellos piensen que son bastante
fuertes como para hacer desaparecer a la otra nación o para sucumbir
en derrotas y desgracias. Creemos que todas y cada una de las personas
tienen derecho a vivir en paz y con dignidad… Ni Palestina ni Israel deben
creer que es posible conseguir la paz a través de la violencia”.
En
el paradigma desde el que hablan estas mujeres, la seguridad no nace de
la fuerza sino del hecho de ser “buenos vecinos”, de la convivencia. Hacia
ese convivir habrían de apuntar los esfuerzos de las partes. Pero
esta visión, que ha sido defendida y es apoyada por otras mujeres
en distintos lugares del mundo, choca con la existencia, según sus
palabras, “de hombres con demasiado ego, involucrados en el incendio de
este pedazo de tierra”.
Finalmente,
en su llamamiento, Bat Shalom proponía a la comunidad internacional
la formación de un cuerpo de mediación internacional formado
por mujeres que escuchen y faciliten las salidas negociadas. También,
que todos los equipos implicados en las negociaciones incluyan por lo menos
el 50% de mujeres, tanto entre los dirigentes palestinos como entre los
israelíes, en los equipos de la ONU y en los representantes
de los Gobiernos involucrados en la resolución del conflicto.
Decidir
sobre la guerra y la paz
En
1995, la Cuarta Conferencia sobre las Mujeres acordó una Plataforma
de Acción para reclamar a los Gobiernos y la sociedad civil la igualdad
entre los géneros. La Plataforma identificó doce áreas
críticas de preocupación para las mujeres: la pobreza, la
salud, la economía, la educación, los medios de comunicación,
la toma de decisiones, los derechos humanos, el medio ambiente, los mecanismos
institucionales para afrontar las cuestiones de género, la violencia,
el trato a las niñas y los conflictos armados. Entre los objetivos
estratégicos incluidos en la Plataforma estaba lograr el aumento
de la participación de las mujeres en los procesos de solución
de conflictos, precisamente en los niveles en que se toman las decisiones.
Como
se ha visto en el ejemplo de Oriente Medio, es éste uno de los asuntos
que preocupan a los grupos de mujeres por la paz: cómo aumentar
la participación de éstas en la toma de decisiones. Hay algunos
ejemplos de avance en este sentido. Así, la Iniciativa de Mujeres
de Liberia (The Liberia Women Iniciative), fundada en 1994 para presionar
a los políticos y a los llamados señores de la guerra, constituye
el mayor grupo de presión de mujeres en Liberia. Este grupo se involucró
en el proceso de paz de su país, con presencia en las conferencias
de paz, empezando por el Encuentro de Akosombo, en Accra (Ghana).
En
términos generales, la proliferación de experiencias de construcción
de la paz llevadas a cabo por las mujeres no se corresponde con su avance
en la opción de decidir. Este problema ha llevado a poner en marcha
campañas para promover el cambio del estado de cosas y favorecer
el acceso de las mujeres a las mesas de negociación. En una de ellas,
la campaña de International Alert, las líneas de orientación
práctica incluyen promover el acceso de las mujeres a las instituciones
y trabajar por un cambio de los varones que erradique determinadas
concepciones —ligadas a la violencia— sobre la masculinidad, ofreciendo
nuevos modelos para la construcción de su personalidad.(9)
En
este asunto se da cierta contradicción que es objeto también
de debate, al observarse que las mujeres que acceden al poder de decidir,
aunque no suceda siempre, son en mayor medida aquéllas que han hecho
propio el paradigma dominante, que han asumido las formas de hacer política
en las que están profundamente imbuidos unos criterios de valor
que son los que generalmente conducen al recurso a la fuerza, a la violencia.
De modo diferente, las que se sitúan fuera del engranaje del poder
son las que pueden moverse bajo un paradigma propio: el cuidado, la empatía,
la relación, la defensa de la vida pero, en gran medida, no poseen
la influencia necesaria para que estos valores prevalezcan. La contradicción
que se debate se resumiría así: si estás dentro de
las instituciones, eres absorbida o absorbido (esta contradicción
atañe también a los varones) por las estructuras de intereses
que conforman el engranaje del poder; si estás fuera careces de
poder.
La
delimitación no es tan tajante. Es cierto que existe un modelo lineal
de toma de decisiones que actúa sobre la realidad y pone en marcha
acciones clave para la vida y la convivencia de las gentes. Para accionarlo
hay que estar en lugares de poder, lugares en donde no suelen estar las
mujeres ni aquellos hombres que no se ajustan al paradigma. Pero existe
también un modelo capilar de actuación, que tiene un alcance
pequeño, pues se basa en la implicación e interacción
personales, pero que es más profundo, que conciencia, crea actitudes
y transforma mentalidades. Es en este segundo modelo en el que se sitúan
mayoritariamente las actividades de las mujeres. Más ligada a la
construcción de la paz y a la reconstrucción social que a
la negociación, la acción de las mujeres, no obstante, sí
tiene impacto y repercusiones —en este sentido también posee poder—
porque su impacto va a la raíz de la convivencia y conlleva la implicación
profunda de las personas y comunidades.
La
cultura de las mujeres, fuente de recursos para la paz
Reclamar
un sitio para las mujeres en los lugares de decisión sigue siendo
importante, aunque hacerlo conduzca de nuevo al debate de por qué
las mujeres en cuanto tales habrían de ser consideradas como grupo
sustantivo en las negociaciones de paz. Un debate que se mantiene vivo
en el pacifismo feminista. La polémica en torno a la pretensión
de que las mujeres valoran y defienden de un modo más radical y
coherente la vida humana puede expresarse también como la cuestión
de si su situación social les otorga un privilegio epistémico
—no sólo mental sino vital— que hace que sus propuestas sean preferibles
si se pretende avanzar hacia una cultura de paz.(10)
Quienes
abogan por una voz para las mujeres no niegan la pluralidad entre ellas.
Hay mujeres que pertenecen, por ejemplo, a la Asociación Nacional
del Rifle en EE UU, y estas mujeres poco comparten con las de la Coalición
para el Control de Armas de Australia. De ahí que no pueda asumirse
que todas quieren lo mismo, ni que todas piensan lo mismo cuando se trata
de enfrentar los conflictos. Factores como la situación geográfica,
la religión, la alineación política, el status de
clase, la salud y la edad, entre otras, son variables que diversifican
a hombres y mujeres y les convierten en individuos irreductibles. Pero
esto sucede en muchos más casos y, sin embargo, sin negar al individuo,
se sigue apelando a los intereses y las experiencias de grupo en el juego
de las relaciones sociales.
El
privilegio epistémico y de acción de las mujeres se apoya,
siguiendo a Harding,(11)
en uno de los aspectos de las vidas de las mujeres que las configuran como
grupo: la opresión o subordinación por el hecho de ser mujeres,
la doble visión que esto genera —las mujeres y, en general, los
grupos oprimidos conocen la visión dominante, a la vez que desarrollan
una propia— y su consiguiente potencial de cambio. Se puede decir que este
enfoque se apoya en la parte negativa de las vidas de las mujeres. No hay
que olvidar que, para las mujeres, la guerra continúa en tiempo
de paz. Los malos tratos por parte de la pareja, los asesinatos son una
lacra generalizada, que ahora ya se puede ver por televisión pero
que ha estado oculta durante siglos. Para una mujer maltratada no existe
diferencia entre tiempo de guerra y tiempo de paz. Y de la violencia doméstica
y la violación a la violencia pública en los conflictos armados
hay una continuidad violenta que ha de ser erradicada. Las mismas actitudes
y valores que subyacen en la violencia contra las mujeres son las que dan
lugar al estallido de la violencia de guerra. De esta situación
se derivan intereses comunes para las mujeres y también concluir
que trabajar por sus derechos, por su reconocimiento social y su valoración,
contribuye a minar las bases de la violencia.
Existen
otros aspectos en las vidas de las mujeres, aspectos en positivo, que cimentan
su privilegio epistémico y constituyen una riqueza a tener en cuenta.
Es su cercanía a lo corporal, dado que los cuerpos les han sido
encomendados y que su propio cuerpo les evoca esa potencialidad de dar
la vida. Como ha escrito Elena Grau, “este pensamiento que nace de la experiencia
del cuerpo femenino y de la continua escucha de otros cuerpos no puede
hacer abstracción de la vida humana. En no hacer abstracción
de la vida humana, en no prescindir de los cuerpos, reside la aportación
del pensamiento femenino a la cultura de paz”.(12)
Y es el trabajo de cuidado de los niños y niñas, de los ancianos,
de los enfermos; el mantenimiento de la comunidad local, la búsqueda
de comida, de agua, el mantenimiento de la agricultura de subsistencia
en lugares donde no hay otros recursos, el cuidado de los animales, de
los bosques, lo que sitúa materialmente a las mujeres en una relación
más estrecha con la vida, porque se realiza para mantenerla. No
son perfectas, pero ejercen tareas que merecen un reconocimiento social
más claro, no sólo retórico. Las tareas de cuidado
son fuente de recursos para una cultura de paz y responsabilidad de hombres
y mujeres.
(1)
Shelley Anderson es coordinadora del Programa de las Mujeres Constructoras
de la Paz (Women's Peacemakers Program), iniciativa de la International
Fellowship of Reconciliation, una ONG extendida en 60 países.
(2)
Mujeres de África por una cultura de paz, Primera Conferencia Panafricana
sobre cultura de paz y no violencia, Zanzíbar, 17-20 de mayo de
1999.
(3)
International Alert for Women Watch, “Good Practices, Lessons Learnt, Challenges
and Emerging Issues”, for implementing the Beijing Platform for Action,
1999.
(4)
Véase Marta Colorado López, “Ruta Pacífica de las
Mujeres colombianas”, En Pie de Paz, Nº 52, pp. 36-39, 2000.
(5)
Declaración de la Ruta Pacífica de las Mujeres por la tramitación
negociada del conflicto armado en Colombia, 21 de noviembre de 2000.
(6)
Shelley Anderson, “Cruzando las fronteras”, En Pie de paz, Nº 53,
2001.
(7)
Este papel de las mujeres como favorecedoras de la confianza mutua fue
señalado por Angela E.V. King, Consejera Especial para los Asuntos
de Género y el Avance de las Mujeres de Naciones Unidas, cuando
estuvo al frente de la Misión de Observación de Naciones
Unidas en Suráfrica .
(8)
Mensaje enviado a través de la Red de Mujeres de Negro por Bat Shalom,
POB 8083, Jerusalem 91080, Israel. Tel: +972-2-563 1477; Fax: +972-2-561
7983, http://www.batshalom.org, noviembre de 2000.
(9)
From de Village Council to the Negotiation Table, The International Campaign
to promote the role of women in peacebuilding, International Alert, Londres.
(10)
Sobre esta cuestión véase: Elena Grau, “Sentada en mi lado
del abismo. Sobre Tres Guineas, de Virginia Woolf”, En Pie de Paz, Nº
52, pp. 40-47, 2000; Vicenç Fisas (ed.), El sexo de la violencia.
Género y cultura de la violencia, Icaria, Barcelona, 1998; y Carmen
Magallón, “Hombres y Mujeres: el sistema sexo-género y sus
implicaciones para la paz”, en Seminario de Investigación para la
Paz (ed.), El Magreb y una nueva cultura de la paz,.Diputación General
de Aragón, Zaragoza, 1993, pp. 334-350.
(11)
Sandra Harding, “Women's Standpoints on Nature. What Makes Them Possible?”,
en Sally Gregory Kohlstedt y Helen E. Longino (eds.), Women, Gender and
Science: New Directions, Osiris, Ithaca, N.Y., 1997. A Research Journal
devoted to the History of Science and its Cultural Influences, pp. 186-200.
(12)
Elena Grau, “No prescindir de los cuerpos”, En Pie de Paz, Nº
53, 2001.
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