Las mujeres, botín de guerra

Valerie Oosterveld, Jurista, Canada

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Agosto 1992: jóvenes musulmanas de Bosnia traumatizadas después de haber sido violadas sistemáticamente por soldados serbios.





Los Estados Miembros de las Naciones Unidas
están elaborando los estatutos de una corte criminal internacional permanente.





La vida continúa

Juan Boggino y Diane Kolnikoff son psicoterapeutas en el consultorio de la asociación Primo Levi de París, que se ocupa de los refugiados víctimas de tortura. Entre ellos, mujeres que han sido violadas, como esta muchacha haitiana que acaba de llegar a la asociación. “Abandonó su país tras ser violada en la cárcel, cuenta D. Kolnikoff. Prefirió abandonar al niño nacido de la violación y venir sola a Francia. Ha tenido después otro bebé pero siente impulsos infanticidas, aunque ese hijo no tenga nada que ver con su pasado.” A ésa siguen otras historias estremecedoras. La de esta mujer africana por ejemplo que “sueña siempre con un peso aplastante que le impide moverse”.
Incluso años después, “el sufrimiento no desaparece”, resume J. Boggino. Se manifiesta “por una destrucción profunda del individuo, un sentimiento de vergüenza y humillación, tanto más intenso si el crimen ha sido perpetrado ante testigos, la familia, los vecinos. Las muchachas violadas siendo vírgenes creen que ya nadie podrá quererlas. No pueden concebir una relación normal con un hombre.” El horror engendra el absurdo: esas mujeres se sienten culpables y no víctimas; no ven que “lo inhumano está en sus torturadores. Se preguntan por qué han sobrevivido cuando otras han muerto. Piensan que se les ha perdonado la vida porque se dejaron violar.” Pesadillas, amenorreas, enfermedades recurrentes, fobia al contacto físico, frigidez son los síntomas más comunes de ese sufrimiento moral. Para esas mujeres el silencio es de plomo pero la palabra es de oro, pues permite recordar, llorar, expresar emociones y sentimientos. Hablar es distanciarse de las torturas sufridas, explica D. Kolnikoff, para vivir “con” y no “en” la violación. Tras una psicoterapia, algunas mujeres consiguen aceptar su cuerpo, experimentar nuevamente placer, e incluso amar “al hijo de los malos recuerdos”, a condición de integrarlo en su propia filiación.
Hablar también da derecho a designar a los culpables y librarse así del sentimiento de culpabilidad y de oprobio. “Pero esas mujeres necesitan que su palabra sea reconocida y aceptada. La ley y los tribunales cumplen, pues, una función decisiva.” No hay curación posible si no se identifica y juzga a los culpables

S. Bou







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En el norte de Uganda el Ejército de Resistencia del Señor enroló por la fuerza a 8.000 niños y violó a numerosas niñas.

La violación en tiempos de guerra empieza a ser reconocida como un crimen contra la humanidad. Está por verse si la futura corte criminal internacional permanente la considerará un motivo de inculpación.

Que las mujeres sean víctimas de violencias sexuales cometidas durante los conflictos armados no es ninguna novedad. Sea religiosa, civil o mundial, la guerra ha cobrado siempre víctimas inocentes, en primer término los niños, las personas de edad y las mujeres. A lo largo de la historia los soldados han utilizado la violación para intimidar a la población civil. Pero, como en el curso del presente siglo la naturaleza de la guerra ha cambiado, esta práctica se ha vuelto mucho más frecuente. En efecto, mientras en el pasado la guerra se desarrollaba esencialmente entre militares, hoy día el objetivo principal es a menudo dar muerte o aterrorizar a los civiles. Los soldados cometen todo tipo de agresiones sexuales con ocasión del saqueo y demás atropellos perpetrados durante las invasiones, practican violaciones en público, secuestran a las mujeres en campos especiales o en prostíbulos para torturarlas, violarlas y dejarlas embarazadas.

Informes alarmantes
En este último decenio abundan los ejemplos de este tipo de violencias. Después de la invasión del Kuwait por Irak, en 1990, por lo menos cinco mil kuwaitíes fueron violadas por soldados iraquíes. Dos años más tarde, se publicaron en el mundo informes alarmantes acerca de las violaciones y embarazos forzados, utilizados como arma de purificación étnica en Bosnia. En 1994 y 1995 los medios de información se hicieron eco nuevamente de esta clase de violencias sexuales en Rwanda. Según un informe de las Naciones Unidas, en ese país unas quinientas mil mujeres fueron torturadas, violadas, mutiladas y, en su mayoría, masacradas. En Argelia, mujeres de aldeas enteras fueron violadas y asesinadas. En los últimos cinco años, unas mil seiscientas niñas y muchachas fueron secuestradas y reducidas a la condición de esclavas sexuales por grupos itinerantes de islamistas armados, informan fuentes gubernamentales.
Si bien es cierto que los hombres también son víctimas de violaciones y de mutilaciones sexuales durante los conflictos armados, el primer blanco siguen siendo las mujeres. Pero a menudo éstas vacilan en recurrir a la justicia, sea por temor de ser colocadas al margen de la sociedad, sea por la convicción de que toda gestión sería inútil en el contexto de caos y descomposición social en que se han producido los hechos. Por consiguiente el eco de las violencias sexuales surge siempre más tarde que el de los demás crímenes. Se empezó a oír hablar de las violencias sexuales cometidas en Rwanda unos nueve meses después del final del genocidio. Justamente el tiempo necesario para que nazca un bebé. De acuerdo con las estimaciones del servicio rwandés de demografía, las sobrevivientes del genocidio dieron vida así a un número de niños que oscila entre dos mil y cinco mil. Se los llama “hijos de los malos recuerdos”. Otro tanto ocurrió en la ex Yugoslavia. Se violaba a las mujeres hasta que quedaran embarazadas y se las mantenía detenidas hasta que dieran a luz. Se estima que sólo en 1993 entre mil y dos mil mujeres sufrieron este triste destino.
Los informes sobre las violaciones masivas en la ex Yugoslavia movieron a las organizaciones femeninas y de defensa de los derechos humanos, y luego a los gobiernos, a solicitar que un tribunal internacional juzgase a sus autores. Después de la adopción por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de varias resoluciones que condenan la detención y las violaciones sistemáticas y organizadas, en 1993 se creó el Tribunal Internacional para la ex Yugoslavia. Entre sus principales funciones figura el enjuiciamiento de los criminales acusados de violaciones. Este Tribunal fue el primero en reconocer la violencia sexual como crimen de guerra e “infracción grave” que obliga a los Estados a buscar a los acusados, a procesarlos o a conceder su extradición. Es una novedad. La Convención de Ginebra de 1949 y los Protocolos Adicionales de 1977, principales fuentes del derecho de la guerra, no califican las violencias sexuales de infracciones graves, aunque se reconozca en general que esos delitos responden a los criterios allí señalados: “actos deliberados que causen grandes padecimientos o graves daños a la integridad física o la salud”, y constituyen “tortura o tratos inhumanos”.
Según las circunstancias que la rodean, la violencia sexual puede considerarse también un crimen contra la humanidad, del mismo modo que el asesinato, el exterminio, la esclavitud, la deportación, el encarcelamiento, la tortura o la persecución. Pero en la práctica rara vez se la ha juzgado con su verdadero nombre. Con una excepción: el proceso de Tokio, en 1946, durante el cual varios oficiales japoneses fueron acusados y considerados responsables de la violación de veinte mil mujeres durante el saqueo de Nankín (China) en 1937.
En el proceso contra los principales criminales de guerra de la Segunda Guerra Mundial, la violación no figuraba en la lista de crímenes contra la humanidad. Pero fue admitida en el curso de los procesos nacionales instruidos posteriormente y hoy en día los Tribunales Internacionales para la ex Yugoslavia y Rwanda la incluyen expresamente en la categoría de crímenes contra la humanidad.
La experiencia de esos dos tribunales demostró a la vez los progresos alcanzados y lo difícil que es sancionar esta clase de delitos. Hasta la fecha veintiséis personas han sido acusadas de haber cometido atrocidades sexuales. Pero muchas de ellas siguen en libertad. El primer acto de acusación relativo específicamente a la violencia y la esclavitud sexuales fue dictado en junio de 1996 respecto de las detenciones, torturas y violaciones de las mujeres croatas y musulmanas de Foca, al sudeste de Sarajevo, cometidas por las tropas serbias en 1992. Sólo uno de los ocho acusados se presentó al tribunal.
Mucho más indeciso, el Tribunal para Rwanda tardó tres años en pronunciar, en 1997, sus dos primeras y únicas inculpaciones. La primera afectaba a Jean-Paul Akayesu, alcalde de Taba, que fue escenario de violencias sexuales masivas. Además de los múltiples testimonios, fue necesario que una coalición de organizaciones femeninas y de defensa de los derechos humanos tomara cartas en el asunto para que el fiscal modificara el acta de acusación, asociando las violencias sexuales con las imputaciones de crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio. El caso del alcalde, primer acusado del delito de violencia sexual, plantea al mismo tiempo la cuestión de la responsabilidad de los dirigentes políticos que hayan impulsado o autorizado a otras personas a cometer violaciones.
Actualmente los Estados Miembros de las Naciones Unidas están elaborando los estatutos de una corte criminal internacional permanente, el eslabón que falta en el sistema legal internacional. Es de esperar que ese instrumento se inspire en estas últimas experiencias jurídicas en materia de violencias sexuales y que permita superar hábitos inveterados.

El Correo de la UNESCO